Capítulo 1: La Odisea

 

Dale click para escuchar la banda sonora de la película "Zorba, el griego" año 1964.

 

¿Cuán malo tiene que ser un guion que se filma en Grecia como para rechazarlo? Más aún cuando son dos comerciales, uno con un burro en un aeropuerto -surrealistamente tentador- y el otro a bordo de un ferry de los que unen las islas del Egeo. “Un buen guion resiste hasta al peor director, pero a uno malo no lo salva ni Billy Wilder”, las palabras de José Martínez Suarez, mi profesor de cine, resonaban en mi cabeza. Es que me lo repitió tantas veces… pero José era un poco exagerado. ¿O no? Finalmente el canto de las sirenas sonó más fuerte y me terminé embarcando en esta promesa idílica que terminó siendo una tragedia griega.

Mediados de septiembre, final del verano en Europa. Con las últimas luces de la tarde llegamos a Atenas con Cuco, el director de fotografía y Laura, una eficiente productora mejicana que nos resolvía todos los temas terrenales para que nosotros solo pesáramos en las películas. Ni bien pasamos migraciones, un chofer muy simpático nos esperaba con el típico cartel con nuestros nombres escritos con marcador grueso. A bordo de una combi nos llevó hasta nuestro hotel “cinco estrellas” que, a juzgar por la evidencia, al menos dos y media fueron autoasignadas por sus propios dueños.

Al día siguiente, de nuevo nuestro simpático chofer nos esperaba en el lobby para llevarnos a la productora. Era un edificio a medio camino entre casa de familia y lugar de trabajo, con oficinas y salas de edición que convivían con una cocina grande, living y comedor, las productoras de cine son muy parecidas en cualquier lugar del mundo. En la sala de reuniones nos recibió el equipo local para darnos la bienvenida. Fue entrar y volver a escuchar el canto de las sirenas: eran todas mujeres jóvenes, una más bella que la otra. Argiró (significa Silvia) era la productora ejecutiva, la jefa de producción era Basso y sus ayudantes eran Cristina y Angeliki. La asistente de dirección se llamaba Emmanuelle, la segunda de dirección era María y la location manager Vicky. 

Era sábado y, como pasa siempre, teníamos mucho trabajo y poco tiempo. Decidimos comenzar por el principio: los guiones. Eran de humor, humor griego, por eso me costaba entenderlos, pero después de muchas preguntas confirmé que lo que me había parecido malísimo efectivamente lo era. Lo miré a Cuco como para tener una segunda opinión que la resumió en tres palabras.

–Esto es infilmable.

Decidí retroceder un paso y volviendo a mi época de creativo publicitario, asumí que debería reescribir los guiones. Para ese día estaba previsto ir al puerto de Pireus para conocer el ferry que proponían para filmar, aprovecharía el viaje para escribir. 

La experiencia en el puerto se transformó en otro mal comienzo, lo que nos presentaron parecía más una barcaza de desembarco de la segunda guerra mundial que el crucero de placer que yo me había imaginado. Esta vez no necesité la opinión de Cuco, directamente me dirigí a la location manager y le dije: 

Sunken (hundido). 

Mientras esperábamos por nuevas propuestas de barcos decidimos avanzar con el casting. Volvimos a la productora y fuimos a la sala de edición para ver el material que nos habían preparado, con un candidato por cada rol.

–Para el papel del mozo nos gusta mucho éste -nos decía Emmanuelle con fingido orgullo.

La imagen que apareció en la gran pantalla nos hizo dudar

–Pero, ¿ese no es el chofer que nos recogió en el aeropuerto?

–Y para el rol de la recepcionista nos parece que esta es la cara perfecta.

–Esa es la asistente de arte…

Emmanuela evitaba contestar y pasaba rápido a la presentación del siguiente personaje, el que haría de marinero. En ese momento se abrió la puerta de la sala y entró, trayéndonos cafés y bebidas frías, “en vivo” el mismo sujeto que estaba en la pantalla. Eso ya fue el paroxismo. Para un primer día me pareció que había sido suficiente, pedí al actor que volviera a su roll de chofer y nos llevara de vuelta al hotel. 

Kalispera muchachos. Nos vemos mañana.

 

En los tres días siguientes vimos ocho barcos más. Para mí solo uno se acercaba a lo que buscábamos mientras que la productora se inclinaba por otro. Decidimos compartir la información con la agencia de publicidad y sumarlos al debate. Ellos coincidieron con nosotros, con lo cual a la productora no le quedó más alternativa que rendirse al gusto de la mayoría. Aproveché la reunión con la agencia para contarles los guiones ajustados y si bien les gustaron las nuevas ideas, me hicieron saber que no se quedaban totalmente tranquilos.

–Todavía no vemos la película -me decía el director creativo hablando más en griego que en inglés.

Me hubiese gustado decirles que a mí me pasaba lo mismo, es lo que se merecían por haber escrito guiones tan malos, pero preferí darles la tranquilidad que yo no tenía. 

–No se preocupen, es que ahora estamos viendo piezas sueltas, pero cuando juntemos a los actores, con el vestuario apropiado, en la locación elegida decorada por nuestra directora de arte van a ver que la magia sucede.

Quizás me excedí un poco, pero en realidad nadie pretendía que les dijese la verdad, solamente querían estar seguros de que, en caso de que todo terminara en drama, los responsables no serían ellos. Parakaló.

La propuesta de vestuario no desentonó con lo que veníamos viendo. Nos llevaron a un depósito lleno de percheros para que eligiéramos de ahí lo que quisiéramos, sin un orden, un criterio, un concepto; ropa suelta como en una feria de usados. La ventaja a nuestro favor fue que muchos personajes eran marinos, lo que reducía el trabajo de la vestuarista a tomar las tallas y alquilar los uniformes. 

De a poco el proyecto se iba enderezando, llegamos a la reunión de preproducción con cliente, agencia y productora, bastante armados. Muy divertido el guion, muy bueno el casting, arte sin mayores problemas y vestuario con algunos tropiezos -la vestuarista trajo una presentación que tenía armada para una producción anterior, por eso de repente apareció un cowboy que no tenía nada que ver con la historia y sin siquiera pestañear lo justificó como un pasajero de Texas. Todo solucionado.

Hasta que la productora ejecutiva, Argiró, tomó la palabra. 

–Lamentablemente, me acaban de informar que el barco elegido queda descartado porque entra en reparaciones. Quizás no sea lo mismo, pero tenemos una alternativa en la que confiamos mucho –y remató con el salvavidas de plomo–: Y con la experiencia de nuestro director no tenemos dudas de que va a encontrar los encuadres ideales que lo harán lucir perfecto.

La segunda opción no sólo era mucho peor estéticamente, sino que además implicaba utilizar el exterior de un ferry y el interior de otro. Esto nos obligaba a hacer un traslado de todo el equipo que nos restaba mucho tiempo de filmación. Después, y por lo bajo, me enteré de que el alquiler del barco que nos gustaba era bastante más caro. Quien quiera pensar mal éste es el momento.

En paralelo estaba la producción del otro comercial: hasta ese momento lo único que teníamos seguro era que en el aeropuerto de Atenas, que nos lo habían prometido, no nos permitían filmar. No era un tema menor porque desde el ataque terrorista del 2001, los permisos en aeropuertos eran muy difíciles de conseguir. Mientras tanto me seguían mostrando posibles burros y alternativas de fardos que no resolvían nada, por eso pedí no volver a hablar de ese comercial salvo que tuvieran una locación con permisos chequeados.

El otro punto al que había que afrontar era el parte meteorológico. El comercial comenzaba con un gran plano general del puerto, con ciento cuarenta extras, quince autos y varias motos, todos cruzándose coordinadamente para una cámara que estaba montada en una grúa a gran altura. Podíamos rodar el lunes, el martes y asumiendo algún riesgo, el miércoles. El lunes lo descartamos porque daba lluvia y el martes se esperaba muy nublado con posibles chaparrones, nos jugamos directamente al miércoles, aunque nos quedábamos sin día de cobertura. Por suerte, nos tocó un día nublado, sin lluvia y con luz pareja, lo cual sin ser lo mejor, era lo menos malo. 

Arrancamos bien, la primera locación rindió y pudimos cumplir con el plan de rodaje para movernos al otro barco que estaba a una hora y media de traslado. Camiones de luces, equipo de cámara, actores, el generador, todos a la otra punta de la ciudad para empezar a rodar rápido porque teníamos un exterior de plano y contraplano, en la cubierta del barco, con sonido directo y nos quedaban pocas horas de luz natural. Después de eso, pasaríamos al interior donde ya no estábamos expuestos a imponderables naturales.

Logramos meter con lo justo el exterior, hacer sonido directo en un astillero un día laborable no era una buena idea, pero no hubo más remedio. Luego pasamos al interior donde teníamos todas escenas de acting. Eso fue duro. Con un actor hicimos treinta dos tomas para una escena de cinco segundos. Con otro que no tenía texto, sólo debía poner cara de asombro -lo que en los talleres de teatro enseñan en la vereda, antes de pasar la puerta de entrada-; bueno, imposible. Como actor era el mejor jugador de póker que vi en mi vida, ni un gesto, ni una mueca, nada. Su escena era muy simple, él estaba detrás de un mostrador, recibiendo a los pasajeros y en un momento tenía que sorprenderse, eso era todo. Al cabo de varios intentos fallidos lo dejé descansar unos minutos y luego le pregunté si me permitía ayudarlo, obviamente me dijo que sí. Entonces le propuse esconderme debajo del mostrador, junto a él, y marcarle con un pequeño golpe en la pierna el momento exacto de su actuación. Además, pedí que me pusieran un monitor para poder ver la escena sin estar en la cámara. La asistente dio acción y en el momento indicado hundí toda mi mano en lo más profundo de sus nalgas, lo que provocó una reacción auténtica de sorpresa, pero contenida, supongo que la presencia de la cámara lo inhibió en parte. Increíble, como Marlon Brando en “Un tranvía llamado deseo”. Pedí corte, anuncié que la toma estaba hecha. 

–¡Hecha! Movemos a la próxima escena.

Me levanté sabiendo que tenía muchas chances de que mi nariz se estrellara de frente contra un puño helénico. Pero no sucedió, el actor me agradeció la ayuda y se alejó aliviado, se ve que estaba sufriendo la presión de todo el set sobre él. 

Las chicas de la productora, que seguramente algo vieron, me preguntaban por mi estilo tan particular de manejar actores, 

–Escuela del último recurso –les dije–. Esta técnica en particular se llama “desesperacting”.

Como me enseñó José, a veces no hay más alternativa que rendirse ante esa vieja máxima del cine que dice: “El film justifica los medios”.

A las cinco de la mañana, después de veinte horas de rodaje, se me caía el protagonista, ya no había tapaojeras que alcanzara por eso dimos por terminada la jornada. Fue estresante, agotador, larguísimo y siempre con los dioses en nuestra contra, pero logramos filmar todo lo que necesitábamos. Me quedaron dudas con algunas tomas por el acting, pero hasta la edición no había nada más que se pudiera hacer.

Realmente nunca pensé que podría pasarla tan mal en un lugar tan lindo. Fue vivir el infierno en el paraíso.

 

 

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