Capítulo 0: Gracias Aquiles

 

Dale click para escuchar la banda sonora de la película "Lalaland" año 2016.

 

Fotocrónicas fue gestado en la tardecita del viernes 24 de noviembre de 2023, en Mechongué. Durante el viaje anual que hacemos los de la camada 80 del San Juan el Precursor, “los Sharks”. Nuestro nombre de guerra viene de cuando éramos muy jóvenes, quizás ya no se identifique con los adultos mayores en los que nos convertimos y reconozco que hasta suene ridículo. Pero hay algo que sucede cuando nos reunimos, algo se activa y, por momentos, la dinámica del grupo funciona como la de los chicos adolescentes que fuimos. Es espontáneo, valioso y frágil, tanto que me parece que es mejor no tocar nada, prefiero no arriesgar a perderlo aunque el precio sea conservar ese nombre absurdo. Aprovecho para saludar a los Ñoquis, a los Muchachos de la 79, a los Micos y a la banda del Labardén, jóvenes de mi generación que también cumplen condena en cuerpos de pregerontes. ¡Chicos, no se entreguen!

Ese viernes la actividad se concentraba alrededor de la nueva cancha de Pickleball con la que Juan nos recibió. El pickleball es algo nefasto que se asemeja a un deporte, creado para amontonar a los veteranos en un lugar y que no estorben en las canchas de tenis, squash, paleta y paddle. Una actividad cuya mayor dificultad es pronunciarla.

La mente, que envejece por colectora mientras el cuerpo va por la autopista, daba órdenes que se venían ejecutando bastante bien, asombrosamente bien diría ahora. Ganaba partidos, quedaba en cancha y, a falta de hinchada, también cumplía las funciones de mi propia barra brava humillando a los rivales al grito de “Despojos”. Todo muy lindo hasta que, creo que fue el Colo, que me devuelve una pelota cortita, pegada a la red cuando yo esperaba desde el fondo de la cancha, instantáneamente me afirmo sobre la pierna izquierda, una de mis dos piernas hábiles (ah, bueno, todavía se la cree), y al dar el paso hacia adelante siento un piedrazo en mi pantorrilla y caigo. 

En mi grupo de amigos hay representantes de variadas disciplinas, tenemos arquitectos, abogados, empresarios, agrónomos, informáticos, gastronómicos, contadores, corredores de seguros, un fumigador y hasta dos excuras que, en un apuro, te casan o te dan la extrema unción -afortunadamente esta vez no hizo falta-. Pero relacionado a la salud, nada, ni un enfermero siquiera, por eso el diagnóstico de Nacho, exrugbier con un nutrido palmares de lesiones a cuestas, y la segunda opinión de Sebas, el veterinario, fueron contundentes: Rotura del tendón de Aquiles. No se habla más.

La convalecencia de la rotura del tendón de Aquiles es larga. Estábamos en noviembre, casi diciembre y mis vacaciones quedaron definidas: Reposo en Buenos Aires. En el proceso de recuperación uno atraviesa distintos estadios: ira, aburrimiento, ira otra vez, furia, resignación, más ira… En algún momento entendí que lo peor de este postoperatorio era el tiempo vacío. Es lo peor si uno lo enfrenta y se resiste, pero se puede sobrellevar si uno lo acepta y se entrega al fluir. Entonces dejé de pensar en las cosas que no estaba haciendo porque no podía y empecé a buscar cómo invertir el tiempo en las que sí podía. Empecé por hacer orden: mi mesa de luz, mi escritorio, mis horarios, todo aquello que dependiera de mí. En esa campaña de ordenar, llegué a una carpeta que estaba olvidada en el altillo de mi computadora. “Fotos de rodajes”. La abrí y fue entrar en otra dimensión, volver a alguien que fui y que no me acordaba. A una faceta de mi personalidad que creció disociada de mi yo de entrecasa, una intimidad que muy pocos conocieron y en la que habían quedado muchas historias sin contar. En ese momento, y para llenar ese hueco, nació Fotocrónicas. 

A esto dedico mi tiempo de postración, a sacar a la luz esos relatos y esos personajes que están unidos por un hilo conductor que representa mi pasión: el cine. Son de la época laboral que más disfruté, cuando tomar una decisión me llevaba segundos, donde no tenía miedo porque no consideraba la posibilidad de fallar y fallar tampoco era tan grave. Una época en la que no trabajaba, me pagaban por jugar.

Yo le di muy poco al cine, casi nada, y el cine me devolvió algunos de los mejores momentos de mi vida. Esto sin contar los que disfruté en las salas como espectador. Me regaló hermanos, socios, maestros, amigos, experiencias, risas, sustos, alegrías, viajes y todas estas historias que no debían quedar perdidas en un altillo. 

Esas historias junto con las fotos que las ilustran ahora están para ser compartidas en los capítulos de Fotocrónicas. Espero que les gusten, y si no es así, espero que sepan disimular. Por mi lado solo me queda decirle gracias a Aquiles por esta pausa que, a pesar de tener una movilidad muy limitada, me permitió sentirme sumamente activo.

Ahora sube el telón, las luces se apagan, el silencio llena la sala y el ronroneo del proyector anticipa un gran momento. Empieza la función.

 

 

 

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